Era guerrero y místico, feroz y santo, retorcido e inocente, caballeroso, despiadado, menos que un dios, más que un hombre. No se puede medir a Muad’Dib con los estándares ordinarios. En el momento de su triunfo, adivinó la muerte que le había sido preparada, y no obstante aceptó la traición. ¿Puede uno decir que lo hizo por un sentido de justicia? ¿Qué justicia, entonces? Porque hay que recordar que ahora estamos hablando del Muad’Dib que ordenó que sus tambores de batalla fueran hechos con las pieles de sus enemigos, el Muad’Dib que negó todas las convenciones de su pasado ducal con un simple gesto de la mano, diciendo sencillamente: “Yo soy el Kwisatz Haderach. Ésta es una razón suficiente”.

Extracto de la novela Dune, escrita por Frank Herbert.

Para comprender la novela Dune [1965], la primera de una compleja saga de seis libros (Mesías de Dune [1969], Hijos de Dune [1976], Dios Emperador de Dune [1981], Herejes de Dune [1984] y Casa Capitular: Dune [1985], con dos últimas novelas elaboradas gracias a las anotaciones que dejó su autor, una de ellas publicada este año 2008 bajo el título Cazadores de Dune, quedando pendiente para el 2009 el manuscrito Gusanos de arena de Dune), antes hay que analizar los motivos que inspiraron a su autor para escribir una novela así, considerada por críticos y revistas especializadas la mejor novela de ciencia ficción de todos los tiempos.

Fotógrafo, cámara de televisión, locutor radiofónico, pescador de ostras, analista, escritor desde los ocho años… Frank Herbert fue por encima de todo, y me atrevería a decir que mucho antes que escritor, un gran amante de la psicología y acérrimo defensor de la ecología, ya que fue su preocupación por la interacción entre una sociedad dada y su medio ambiente natural, los ecosistemas sustentadores de los modos de vida de un grupo de personas en un territorio concreto (es decir, la ecología cultural, término asociado al antropólogo Julien Steward en el año 1955 en su obra Teoría del cambio cultural), la base de numerosos artículos y de buena parte de su obra literaria, siendo Dune el más evidente ejemplo.

Alejandro Jodorowsky, polifacético por génesis, fue el primer interesado en llevar a la gran pantalla la complejidad ecológica y psicológica de Dune a principios de los años 70. Éste guionista de cómics, entre otras bagatelas, trabajó más de cinco años en un proyecto fallido por el desplante final de la productora, y en el que involucró a desconocidos de alta alcurnia como el dibujante francés Moebius en la dirección artística, al artista gráfico y escultor suizo H.R.Giger en la creación del concepto visual del film, sobre todo del planeta Harkonnen (hacerse una foto en la silla Harkonnen es uno de los mayores caprichos de múltiples artistillas del star system), a Christopher Foss en el diseño de todas las naves espaciales, a Dan O´Bannon al frente de los efectos especiales, al Orson Welles actor interpretando al Barón Harkonnen, al pintor Salvador Dalí como el Emperador Shaddam y al grupo Pink Floyd como creadores de la banda sonora original (por cierto que en aquel entonces preparaban su célebre The Dark Side of the Moon)… ¡¡ CASI NÁ !! Como decía antes la productora se retiró poniendo fin al proyecto (dicen las malas lenguas que por no ser más norteamericano).

Ya en los años 80 fue Raffaella de Laurentiis, hija del productor italiano Dino de Laurentiis, quien convenció a la Universal Studios para llevar a buen puerto la novela de Herbert. Y la labor fue a parar a las manos de David Lynch por partida doble: como director y guionista. La película estrenada en los cines tuvo una duración final de 137 minutos y en su edición especial de 177 minutos (esta última con vistas a su pase por televisión). Ahora viene la actualidad… y no es otra que los rumores oídos hace unos cuantos meses atrás sobre el deseo de hacer un nuevo Dune. Y no me refiero a las dos series televisivas del canal SciFi Channel (Dune e Hijos de Dune) sino a un nuevo largometraje. Su director sería Peter Berg, al que conocen en sus hogares por dirigir el film Hancock. Y al igual que sucede con el proyecto de Akira (del que les di cumplida información el día anterior) nada más se ha vuelto a saber del nuevo Kwisatz Haderach.

Por cierto, como broche final les transcribo, tal cual encontré hace unos años (me encanta guardar reliquias), esta breve explicación del propio Alejandro Jodorowsky sobre su proyecto Dune fallido. Que lo disfruten:

‘Cuando preparaba el reparto de mi película Dune, basada en la novela de Frank Herbert (proyecto que no se pudo realizar), Salvador Dalí me sometió a una angustiosa prueba. Yo quería que el pintor interpretara al demente Emperador de la Galaxia. Le gustó la idea y, para “conocer el talento de ese jovenzuelo que cree poder dirigir a Dalí“, me invitó a una cena en un lujoso restaurante de París. Me vi sentado frente a él entre un séquito de doce personas. A quemarropa, me preguntó: “Cuando Picasso y yo éramos jóvenes e íbamos a la playa, siempre al pisar la arena encontrábamos un reloj, ¿usted ha encontrado alguna vez en la playa un reloj?”

Los aduladores del artista me miraron con sonrisas crueles. Yo tenía apenas unos segundos para responder. Si decía que había encontrado un reloj, pasaría por ser un pretencioso. Si decía que no había encontrado ninguno, pasaría por un mediocre. No pensé la respuesta, me llegó sola: “¡No he encontrado ningún reloj pero he perdido muchos!” Dalí tosió, dejó de prestarme atención y se puso a hablar con la corte que lo acompañaba. Pero al final de la cena me dijo: “Muy bien, firmaré el contrato”. Luego agregó: “Quiero ser el actor mejor pagado del mundo: 100.000 dólares la hora”.

Modifiqué el guión: inventé que el Emperador tenía un robot idéntico a él, con piel de cera y que lo representaba, y contraté a Dalí por una hora: sólo aparecería sentado en un laboratorio manipulando botones para dirigir su robot. Para el papel de Barón Harkonnen en Dune, un gigantesco gordo malvado, pensé en Orson Welles. Sabía que estaba en Francia, pero, amargado por no encontrar productores, el hombre no quería oír hablar de cine. ¿Dónde encontrarlo? Nadie supo decírmelo. Yo había oído decir que al maestro le encantaba comer y beber. Le pedí a un ayudante que telefoneara a todos los restaurantes gastronómicos de París preguntándoles si Orson Welles era su cliente. Después de innumerables llamadas, un pequeño restaurante, Chez le Loup, nos confirmó que una vez por semana, no un día concreto, el actor cenaba ahí. Decidí comer en ese lugar todos los días. Comencé el lunes.

El local era de una elegancia discreta, con un menú refinado y una carta de vinos excelente. Lo atendía el propio dueño. Todas las paredes, menos una, estaban decoradas con reproducciones de cuadros de Auguste Renoir. En el muro de excepción, dentro de una vitrina, había una silla rota. Le pregunté al dueño el porqué de esa extraña decoración. Me dijo: “Son restos que nos llenan de orgullo: una noche, Orson Welles comió tanto que la silla que lo sostenía se rompió”. Volví el martes, el miércoles, el jueves… Enorme, envuelto en una gran capa negra, llegó el actor. Lo observé con la misma fascinación con que un niño contempla en el zoológico a los grandes animales. Su hambre y su sed eran fabulosos. Lo vi devorar nueve diferentes platos y beber seis botellas de vino. A los postres, le envié una botella de cognac que el propietario me aseguró era el preferido de su voluminoso cliente. Orson Welles, al recibirla, con gran amabilidad me invitó a su mesa. Lo escuché monologar una media hora sobre sí mismo antes de que me atreviera a proponerle el papel. No me interesa actuar. Odio el cine actual. No es un arte, es una industria asquerosa, un inmenso espejismo hijo de la prostitución”. Tragué saliva, su decepción era gigantesca. ¿Cómo entusiasmarlo para que trabajara conmigo?

Me puse tenso, creí que había olvidado todas las palabras pero, de pronto, me oí decirle: “Señor Welles, durante el mes que durará la filmación de su papel, prometo contratar al cocinero jefe de este restaurante, quien cada noche le preparará todos los platos que usted pida, acompañados de los vinos y otros alcoholes de la calidad y cantidad que a usted se le antoje”. Con una gran sonrisa aceptó firmar el contrato.

Después de dos años de trabajo intenso en París, cuando parecía que Dune se iba a realizar, bruscamente el productor interrumpió el proyecto. Nuestra decepción fue enorme. El director de efectos especiales tuvo que regresar a Los Ángeles y fue internado durante dos años en una clínica psiquiátrica. El pintor H.R.Giger, contratado para imaginar los decorados, se quejó con furia de este “fracaso”.

Sin dejarme demoler por los embates de la realidad, dije a Moebius, que había trabajado en el diseño de los trajes y dibujado las tres mil imágenes del guión: “El fracaso es un invento mental, no existe. Lo llamaremos ‘cambio de camino’”. Y le propuse que si no podíamos expresar nuestras visiones en el cine las realizáramos en forma de cómic. Así fue como nació El Incal’.

Vía: milenio.com


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1 Comentarios
  1. Icono Gravatar 1 juanantoño

    Para mi la pelicula es una de las grandes producciones de la historia, me cambio la forma de ver el cine, por desgracia soy joven tengo 25 años, pero la vi con 12 , a la vez que estar wars o willow, me encanta la fantasia y la ciencia ficcion, desde isaac asimov hasta alan moore. Gracias señor por las granses mentes de la historia, jajaja

    Muy buena la pagina, saludos

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