
(Atención, este comentario hace con la película lo mismo que uno desearía hacer con sus responsables después de verla: destriparlos)
A veces me pregunto qué puede considerarse un gran artista. ¿Alguien con capacidad para firmar grandes obras, aunque también sea capaz de perpetrar algún engendro que otro? ¿O alguien que siempre mantiene un alto nivel de calidad?
De verdad que no lo tengo claro.
Traslademos este dilema al cine, concretamente al caso de Ridley Scott: ¿estamos ante un gran director? Si “basta” con haber realizado grandes obras, desde luego que el cineasta británico estaría entre los grandes gracias a títulos como “Alien, el octavo pasajero”, “Blade Runner” o “Thelma y Louise”, filmes que se encuentran con todo merecimiento entre los mejores títulos de la historia. Pero si el contar en tu currículum con algún que otro fiasco es motivo para perder tu condición de “grande”, desde luego que Scott la ha perdido con todo merecimiento a causa de, por ejemplo, “Tormenta blanca”, “La Teniente O’Neill”, o “Un buen año”. Y es que si existe un adjetivo que puede describir la carrera de Scott es la de “irregular”.
Por lo tanto: ¿se trata de un gran director, o no? Sigo sin una respuesta clara.
Su talento resulta indudable, pero, desde mi punto de vista, existe una certeza aún mayor, un hecho que le afecta tanto a él como al resto de los directores de cine, una realidad que a veces reconocen en público para quedar bien, pero que estoy seguro de que en privado muchos no quieren asumir: sus películas no son obra suya. Mejor dicho: sus películas no son obra únicamente suya. Es decir: las películas de Ridley Scott no son únicamente atribuibles a Ridley Scott.
Una película es una obra coral, el resultado de una suma de talentos, y cada título es producto de la colaboración de un grupo distinto de personas. Así que, cuando atribuimos a un realizador la autoría de una película, estamos, en la mayoría de los casos, cometiendo una falacia. Una falacia que nos simplifica las cosas, pero una falacia al fin y al cabo.

Es lógico imaginar que si existe tanta diferencia entra unas y otras películas de Scott se debe a que no siempre ha contado con un equipo igual de talentoso. Y a que, principalmente, no siempre ha contado con un guión de igual calidad: por mucho que les pese a ciertos cineastas, lo cierto es que los guiones siguen siendo esenciales, y ojalá lo sigan siendo durante mucho tiempo.
Recapitulando hasta el momento: Ridley Scott puede ser un genio en diversos aspectos técnicos y visuales, pero sin un gran guión no es nada, tal y como ha venido de nuevo a demostrar la espantosa “Prometheus”.
Esto no es novedoso, claro, cada uno debe realizar su trabajo: los directores dirigen, y los guionistas escriben, y si uno falla no es culpa del otro. Pero lo que me resulta incomprensible, en este caso, se debe a otra cosa: Scott es productor. Eso significa que él decide, él elige a los actores, a los técnicos, al compositor, al director de fotografía, al montador… Y al/los guionista/s, en este caso a Jon Spaihts y Damon Lindelof.

Y aunque el amigo Ridley fuera incapaz de redactar una lista de la compra mínimamente coherente, uno podría suponer que lleva en esto del cine el tiempo suficiente como para saber si un guión es bueno o no. Así que, si tenemos en cuenta que desde que alguien decide rodar una película (basándose en un guión ya escrito o en una simple idea), hasta que se graba la primera toma, suele pasar un periodo de tiempo bastante considerable (sobre todo cuando hablamos de una obra, como la que nos ocupa, que requiere de un arduo proceso de pre-producción), mi duda sería la siguiente: ¿en todo este tiempo no habido nadie, ni siquiera el propio Scott, que se haya dado cuenta de que tenían entre manos un guión lamentable? Es decir: un director no tiene todo el mérito de una gran película, pero cuando es el productor, el jefe absoluto, desde luego tiene toda la responsabilidad cuando la película es un bluff.
Me da igual que esta sea la primera película de una trilogía y que las dos entregas posteriores den sentido a ésta constituyendo una obra magna que haga tambalearse los cimientos de nuestra civilización. Todo eso aún está por ver. De momento sólo hemos visto la primera entrega, y esa es la película que debemos juzgar.
“Prometheus” es, de entrada, una película en la que sobran las dos primeras secuencias (la de la polinización de las cataratas por parte de un alienígena albino, y la del descubrimiento espeleológico), ya que la información posterior hace redundante todo lo que en ellas se muestra.
“Prometheus” es una película en la que vemos cómo se organiza una ambiciosa misión espacial al otro lado del universo cuyo destino se define basándose en algo tan preciso como unos frescos hallados en unas cuevas. ¿Qué posibilidades existen de que el rumbo elegido sea el correcto? Todas, al parecer, ya que es llegar y besar el santo: “Baja ahí, un poco más a la derecha que ya hemos llegado a nuestro destino”. Y después de dos años de viaje aterrizan justo en frente del lugar que buscan. Y no sólo eso: nada más bajar de la nave damos con los seres que buscamos. A la primera. Como acabar de un sólo golpe un hoyo de golf de un trillón de kilómetros. Es todo tan de los 50…
“Prometheus” es una película en la que tenemos a un grupo de personajes totalmente intercambiables, carentes de interés, y sin motivaciones claras. No sólo eso: aunque uno podría imaginar que para tamaña misión sólo se habrían reclutado a auténticas eminencias en sus respectivos campos, la verdad es que la mayoría de ellos se comportan como cretinos (“Quitémonos los cascos. Como el aire es respirable…” Claro, lo mismo que en una central nuclear o en un poblado infestado por el Motaba).
“Prometheus” es una película en la que, más o menos a la media hora, en vista de que el público comienza a bostezar, se sacan de la manga una tormenta marciana básicamente “para que pase algo”.
“Prometheus” es una nave en la que todo el mundo va a su bola, haciendo lo que le viene en gana, sin ningún protocolo de seguridad a la hora de abrir compuertas o de atender los mensajes que llegan al puente, y en la que sus tripulantes pueden perderse a pesar de contar con sofisticados sistemas de localización y de scanneado 3D del entorno.
“Prometheus” es esa película en la que la protagonista, tras dar con el descubrimiento más asombroso de la historia de la humanidad (el ADN encontrado en ese remoto planeta es idéntico al humano), se olvida de comentárselo a su colega (y novio), y no es hasta horas después cuando, así como de pasada, se lo suelta.

No voy a extenderme más. Podría escribir un libro con todas las cosas que no me gustan de “Prometheus”, pero para qué seguir. La película resulta visualmente brillante, pero ¿qué más da? Son tantos sus defectos y los agujeros de su guión que todo lo demás resulta irrelevante. Ni la mejor de las facturas técnicas puede evitar que uno se sienta insultado ante semejante despropósito.
Y aún no he citado los que, a mi entender, son los pecados más graves de la última obra de Ridley Scott. Primero, el resultar tremendamente aburrida, algo imperdonable en una película de semejantes características. Y, segundo, forzar su parentesco con el “Universo Alien” para vender entradas, cuando su argumento igualmente podría transcurrir en el universo Star Wars, Star Trek, o en Melmac.
En resumen, olvidemos que “Prometheus” viene precedida del reclamo Alien & Scott: ¿no estamos, posiblemente, ante una de las peores películas del año?
Para terminar, y por limar asperezas con Ridley Scott, ahí va un consejo gratis: querido amigo, de cara a posteriores trabajos, recuerda una cosa: el número de planos de una cabeza parlante tirada en el suelo que pueden rodarse antes de que el público empiece a cachondearse es realmente muuuy limitado…
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Miranda1274
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